El lunes día 22, nada mas llegar a la ofi confecciono un cuadrito con los números de la lotería de navidad para ir siguiendo el sorteo. Más que nada por comprobar si el soniquete martilleante de las voces blancas llegaría a conmoverme hasta alcanzar el ensimismamiento a lo Shiddarta, solo que en vez de quedarme en la parra como él, quedo pensando en el destino que daré al chorreón de pasta previsto. Todo se viene abajo cuando te das cuenta que no hay transistor. Tenemos muchos ordenadores pero ni un triste transistor. Entonces intento entrar en la web de un diario cualquiera para ir viendo el manantial de suerte. Pero el ojo vigilante del gran hermano webmaster "Blocked by Websense", a modo de conciencia me dice que no puedo entrar ahí. supongo que por si dejo de trabajar. ¡¡Juas!! Este webmaster se pincha. Me da un ataque de descojonación y entro en un periódico local oscense del que, el amigo webmaster no ha debido oír hablar en su vida donde saldran uno a uno los numeritos. Y empieza el espectáculo.
Sale un premio. En la oficina se nota algo de movimiento. Ah, es otra cosa. Miro y...ná de ná. Da igual, se trataba de un premio menor y yo voy a lo grande. Estaba yo en esto cuando me da por pensar que si, por ejemplo jugase en agosto, los premios son mayores y me haría más rico. Empieza a desmoronarse la emoción navideña que empezaba a aflorar con la musiquilla. Sigo pensando en ello y ... joer; ¡vaya pérdida de musicalidad! Hace años era algo así como cincuentamiiil-pese-tas. Ahora cincuenta-mileu-ros. Una pena... Otro bajón. Sigo currando y siguen saliendo premios. La feliz parejita, feliz por cantar el soniquete ante el público presente en el salón de loterías, con la inocencia que caracteriza a los niños y que Herodes no alcanzó a comprender, suelta el Gordo. Y ocurre lo de siempre. En la ofi, se escucha un revuelo espontáneo. Como si de repente una bandada de palomas desplazara su ubicación unos metros. levantando levemente el vuelo con rápidos aleteos. Un momento de revoloteo y luego casi el silencio. Las conversaciones vuelven a ser igual de banales que siempre tras el desastre de comprobar, siempre de derecha a izquierda, que no coincide ni un numeraco. Finalmente consigo el reintegro de una papeleta de seis eurillos que alguien cambiará, supongo, por lotería del Niño, en enero. Y vuelta a empezar.
Al poco tiempo de mi ingreso en la empresa, Enrique, a quién recuerdo con cariño, me dijo algo así como que me acababa de tocar la lotería. Por eso, independientemente del pastón ganso que nos dejamos, no parece acertado salir de nuestros problemas con la ley del mínimo esfuerzo, aunque seguiremos intentándolo.
Lo que si sé, es que siempre me toca la lotería al día siguiente de la de navidad. Cada año más, y así ya llevo veinticinco. ¿Verdad Silvia?
Sale un premio. En la oficina se nota algo de movimiento. Ah, es otra cosa. Miro y...ná de ná. Da igual, se trataba de un premio menor y yo voy a lo grande. Estaba yo en esto cuando me da por pensar que si, por ejemplo jugase en agosto, los premios son mayores y me haría más rico. Empieza a desmoronarse la emoción navideña que empezaba a aflorar con la musiquilla. Sigo pensando en ello y ... joer; ¡vaya pérdida de musicalidad! Hace años era algo así como cincuentamiiil-pese-tas. Ahora cincuenta-mileu-ros. Una pena... Otro bajón. Sigo currando y siguen saliendo premios. La feliz parejita, feliz por cantar el soniquete ante el público presente en el salón de loterías, con la inocencia que caracteriza a los niños y que Herodes no alcanzó a comprender, suelta el Gordo. Y ocurre lo de siempre. En la ofi, se escucha un revuelo espontáneo. Como si de repente una bandada de palomas desplazara su ubicación unos metros. levantando levemente el vuelo con rápidos aleteos. Un momento de revoloteo y luego casi el silencio. Las conversaciones vuelven a ser igual de banales que siempre tras el desastre de comprobar, siempre de derecha a izquierda, que no coincide ni un numeraco. Finalmente consigo el reintegro de una papeleta de seis eurillos que alguien cambiará, supongo, por lotería del Niño, en enero. Y vuelta a empezar.
Al poco tiempo de mi ingreso en la empresa, Enrique, a quién recuerdo con cariño, me dijo algo así como que me acababa de tocar la lotería. Por eso, independientemente del pastón ganso que nos dejamos, no parece acertado salir de nuestros problemas con la ley del mínimo esfuerzo, aunque seguiremos intentándolo.
Lo que si sé, es que siempre me toca la lotería al día siguiente de la de navidad. Cada año más, y así ya llevo veinticinco. ¿Verdad Silvia?
